Cayó.
Yo estaba en el desierto.
Cayó.
No lo toqué, no lo ví.
Cayó.
La última posesión que no lograron arrebatarme esos buitres indeseables.
Cayó.
¿Cuándo moriréis?.
¿Cuando acabará este suplicio insoportable?.
Cayó.
El requiem confundía...
¿Tú has muerto?
- Verdaderamente...
¿El sol se pone?
- Allá lejos...
Diálogos inútiles nos metamorfoseaban cada segundo. Zumbidos intermitentes. Aleteos desesperados. Amargo llanto. Lágrimas incombustibles. Amasijo de terrores.
Sin duda había algo.
Cuando la voz iracunda estremece la arena... Cuando la trompeta suena... Resuena el eco hórrido... Y el corazón se rompe en mil pedazos como un frágil cristal. ¿Dónde estás?, ¿dónde estoy?, ¿dónde estamos?... Un sentimiento de vacío inmenso me asfixia, no me deja respirar, me echa al suelo y agobia mi espíritu...
Tremenda voz que nos conduce a un castigo inexorable, a una destrucción que ni tú ni yo podemos prorrogar... Cuando no estemos, me dijo una sombra en el desierto, cuando no estemos, al menos, no seremos nada, al menos, la fina arena no volverá a perderse por entre los dedos de nuestros pies.
Y las huellas, las huellas de los pasos se borrarán. Esto será un alivio para muchos. Esto será un no ser, un no lugar.
Por eso estoy yo aquí, perdido, sin rumbo, una sombra más...
Se escuchan las voces del corazón, ahogadas en un profundo mar de olvido. Mujer de cabellos cobrizos, también yo recordé hoy tu desgracia. Los hijos muertos, recién nacidos, sobre su vientre. Y la imagen asesina de brazos escuálidos y fétido aliento, pútrida mirada, anduve perdido entre brumas y tropecé con tu fantasma, ese déspota cruel, ese linaje abominable que, apesar de todo, hablaba mejor de tí que tú de todos ellos. Él fue un viejo camarada, me dijo que en las tardes tristes, en aquellos vacíos corredores de paredes amarillentas y grandes ventanales, también la luz macilenta y tibia de la infancia turbó su figura. Te he leído, le dije, te he leído en las palmas de las manos, sobre los pequeños bracitos de esos recién nacidos.
¡Nacer para morir!, qué extraño sino que ni a él mismo aliviaba.
Nació en una aldea allende las montañas. Su vida era humilde, pasaba inadvertida. Era devota y honesta. Dijeron que su espíritu era noble... Dijeron que su corazón era grande... Dijeron que su cariño inundaba el hogar...
Un día se enamoró. Su sentimiento ennegreció aquel excelso corazón, su caro honor, su apreciada nobleza se desvanecieron prematuramente; el hogar acabó por derrumbarse.
El Amor no hizo justicia. Fue abandonada. Lloró, gritó. Lo había dado todo por esa sensación mística. El pueblo lloró su abatimiento, a todos afligió ese estado de abandono.
La belleza se ajaba, marchitaba la dulzura de carácter. Comprendió su suerte: los besos se olvidaron y comenzó a gozar con la presencia del Otro, del oscuro, del deseo. Se asfixió su fe. Sólo encontraba alivio en las piernas velludas, en los recios muslos de cabrito indómito, en el enhiesto abdomen escurridizo del placer.
La venganza de su pecho desvencijado asoló el poblado. Desvirgó, arañó, mutiló... sin llegar a poner freno a su histerismo rencoroso. Una tarde, cuando vio a su burlador, le desó el mal, se empavonó de la miseria que le atormentaba (no comprendía).
Supe que se marchó a la ciudad, que frecuentó inhóspitas casas, que no cedió a la misericordia de la moral. Se labró un nombre, una fama brutal. El anonimato de la metrópoli la escondía en estrechas callejas privadas de toda luz.
La enfermedad agotó sus bríos. Primero fue un fuerte latigazo en el vientre, luego terribles fiebres... Regresó a la aldea con los labios agrietados, pálida su tez... Todos habían muerto salvo él.
Deseó su muerte.
Al final, se quedó aquí, en el desierto anaranjado. Explotó sus ojos para no ver más. Decían que era noble, honesta, virtuosa... No la juzgué (tampoco yo lo soy). Todos estamos eternamente perdidos, por eso todos regresamos al desierto, tarde o temprano.
A la sombra de guayabas, estaba sola cuando la tarde caía; me acerqué hasta su pecho, le pregunté qué hacía, a quién esperaba... pero no me respondió. Esperaba a alguien, supuse, por ese serio rictus del rostro y la mirada, algo lánguida y jadeante. Murió al cabo, y yo con ella, o eso me pareció al ver mis manos manchadas con su propia sangre
Cómo te envidié cuando vivía en la ciudad, entre todos vosotros, cuántas veces me dije cómo me gustaría haber disfrutado tu suerte... Y ahora te encuentro frente a mí, como la mirada ante su reflejo, y me doy cuenta de que tú y yo somos el mismo ser, tenemos la misma sangre y nos corroe la misma inconstancia.
La bitácora en el desierto es como una caracola que reproduce el lejano eco del estallido, del bramido último de un mar que nunca existió.
En el desierto ya no hay amigos. Uno está solo, delante de sus manes, desesperado, pero al fin y al cabo, las sombras son su única compañía.