"La perpetuamente enamoradiza"

Nació en una aldea allende las montañas. Su vida era humilde, pasaba inadvertida. Era devota y honesta. Dijeron que su espíritu era noble... Dijeron que su corazón era grande... Dijeron que su cariño inundaba el hogar...
Un día se enamoró. Su sentimiento ennegreció aquel excelso corazón, su caro honor, su apreciada nobleza se desvanecieron prematuramente; el hogar acabó por derrumbarse.
El Amor no hizo justicia. Fue abandonada. Lloró, gritó. Lo había dado todo por esa sensación mística. El pueblo lloró su abatimiento, a todos afligió ese estado de abandono.
La belleza se ajaba, marchitaba la dulzura de carácter. Comprendió su suerte: los besos se olvidaron y comenzó a gozar con la presencia del Otro, del oscuro, del deseo. Se asfixió su fe. Sólo encontraba alivio en las piernas velludas, en los recios muslos de cabrito indómito, en el enhiesto abdomen escurridizo del placer.
La venganza de su pecho desvencijado asoló el poblado. Desvirgó, arañó, mutiló... sin llegar a poner freno a su histerismo rencoroso. Una tarde, cuando vio a su burlador, le desó el mal, se empavonó de la miseria que le atormentaba (no comprendía).
Supe que se marchó a la ciudad, que frecuentó inhóspitas casas, que no cedió a la misericordia de la moral. Se labró un nombre, una fama brutal. El anonimato de la metrópoli la escondía en estrechas callejas privadas de toda luz.
La enfermedad agotó sus bríos. Primero fue un fuerte latigazo en el vientre, luego terribles fiebres... Regresó a la aldea con los labios agrietados, pálida su tez... Todos habían muerto salvo él.
Deseó su muerte.
Al final, se quedó aquí, en el desierto anaranjado. Explotó sus ojos para no ver más. Decían que era noble, honesta, virtuosa... No la juzgué (tampoco yo lo soy). Todos estamos eternamente perdidos, por eso todos regresamos al desierto, tarde o temprano.
