A la sombra de guayabas, estaba sola cuando la tarde caía; me acerqué hasta su pecho, le pregunté qué hacía, a quién esperaba... pero no me respondió. Esperaba a alguien, supuse, por ese serio rictus del rostro y la mirada, algo lánguida y jadeante. Murió al cabo, y yo con ella, o eso me pareció al ver mis manos manchadas con su propia sangre