Cómo te envidié cuando vivía en la ciudad, entre todos vosotros, cuántas veces me dije cómo me gustaría haber disfrutado tu suerte... Y ahora te encuentro frente a mí, como la mirada ante su reflejo, y me doy cuenta de que tú y yo somos el mismo ser, tenemos la misma sangre y nos corroe la misma inconstancia.